jueves, 19 de diciembre de 2013



La semana pasada, trabajé en un piso con una vista espectacular de la plaza Utrillas y su simbólica chimenea ocupada por una pareja de cigüeñas. Todas las mañanas estaban en su nido, precisamente, cuando me daba el sol de frente. Por la tarde, con el sol a favor, les tocaba la visita al río Ebro. Os dejo una breve historia de esta plaza, la chimenea y sus inquilinas.

 

Fue un espacio boyante en sus mejores años, cuando se construyó la estación de ferrocarril en 1857 con el nombre de Cappa por ser éste su impulsor y, posteriormente, conocida como de Utrillas por su trayecto hacia las antiguas minas de carbón de la mencionada localidad. Estuvo la línea del tren dedicada principalmente al transporte de personas y más tarde al del negro mineral, realizando un importante servicio a los habitantes de Zaragoza y las poblaciones del Bajo Aragón. Debido al auge ferroviario, nació el barrio zaragozano de Montemolín.
El último tren funcionó el 15 de enero de 1966. De todo aquello, quedaron dos edificios de bella arquitectura pertenecientes a la estación, salvados por la perseverancia vecinal de las garras de los especuladores inmobiliarios. Gente luchadora que no estaba dispuesta a perder tan emblemáticas edificaciones. La chimenea también se salvó, y fue ocupada por una pareja de cigüeñas. Por aquel entonces (década de los 90), todavía viajaban al territorio africano a pasar el invierno. El dicho de “por San Blas la cigüeña verás” quedó anticuado para estas zancudas al descubrir las oportunidades y beneficios de los vertederos; migrar era ya, un absurdo gasto de energía. Gracias a los vecinos y amantes de las cigüeñas, insisto, batallando sin descanso, el nido no se derribó, pues era la intención de la constructora para eliminar trabas a su proyecto. Para su traslado en 1998 -ya que en ese punto iba un centro comercial- se preparó una estructura metálica que recubría toda la chimenea. Introdujeron un tubo metálico y se rellenó de hormigón para compactar los ladrillos desde dentro. Las 140 toneladas de chimenea se movieron con dos grúas en 6 fases para recorrer los cien metros hasta su emplazamiento definitivo. El coste fue de unos 25 millones de pesetas.
Entre los cretinos de la constructora de viviendas que incomodaron intencionadamente a las cigüeñas con todos los medios posibles para ahuyentarlas y los necios prendiendo fuego en la base de la chimenea para hacer la gracia, estas aves soportaron estoicamente la mala fe de esta gentuza hasta que todos los interesados en su protección pusieron fin a tanta desfachatez.

La entrada va dedicada a ellos, por perseverar en la protección de un bien común para el barrio y la ciudad.

 
 (Anilla 243 V)




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