viernes, 30 de enero de 2015

zampullín chico tachybaptus ruficollis en plumaje de invierno

grupo de cercetas comunes anas crecca

observaba en la olvida un edicto de cercetas anas crecca emborronadas por la boira apagándose progresivamente al extraviarse, luego, fijé mi empeño en un exacto zampullín chico tachybaptus ruficollis en plumaje de invierno que nadaba cerca del observatorio. Apenas se escuchaban reclamos de pájaros y, entre ellos, el silbido sutil de las minúsculas cercetas. El carrizal y la calina sumaban un conjunto de ocres y grises acaparando todo el humedal. Superando el sigilo, un jolgorio creciente se abría trayecto entre el carrizo. Era un rasgueo quedado, el de  un animal grande. El zampullín desapareció y las cercetas volaron a otro punto mas alejado. Sospechaba lo que venía sin embargo, quería esperar la conmoción con la habitación dispuesta para entender el tiempo. La claridad era en gran medida reducida y la vaharina mantenía inmaculado el ambiente. Lo suponía, un jabalí tras otro con la quebrada en dirigente aparecieron en batería atajando esta parte de la alberca a nadando. Apunté y disparé. Con la pésima luminaria logré perpetuar a tres de ellos, los demás quedarán en el lapso. Ninguno pudo escaquearse al tiroteo de la carlinga; por supuesto, sin arrostrar bajas. Lo mejor de la escena fue que los suidos continuaron su episodio en familia.
 



me viene a la mente, como no, la inmisericordia de ciertos cazadores que no tendrían refugio en matarlos ungidos de rifles de recidiva, aprovechándose del término valetudinario de los cerdos salvajes al forcejear paulatinamente con la dificultad añadida del caldo y el légamo. El cazador va siempre adjuntado del arsenal mortal y el can que le orienta en indagación de las presuntas heridas. El diestro no tiene nada mas que abalanzar sin importarle la ultrajante notabilidad de todo tipo de conveniencias a su favor. Por eso sé, que si la chabola fuese explotada por estos amantes de la ciudadanía, como se hacen apodar, hubiese sido el punto ideal para devastar la parentela de puercos salvajes a tiros mientras tanto apuradamente alcanzaban la otra ribera de la olvida. La actuación de esta cetrería carece de ética, tan solo se base en liquidar, enconarse el detonador y notar el veleidoso mando de matar, luego sea de guisa tan angustiosa ante animales vendidos frente a la contrariedad. El horizonte del amante de la cetrería es un cementerio, de lo que sea. Creo que allí es adonde mas a voluntad se encuentra, zigzagueado de naturalidad para anular. Si dejáramos el bosque a su entera actitud todo acabaría siendo un erial o una quinta de animales afectados y encaminados al degüello. Si una becada está lógica, aturdida y, tiene temple de puñal, no le sirve de nada, el can la levanta y el cazador la abate. Con los venados lo mismo, una rehala (gozques de cacería) los intercepta y el valiente estoqueador tan solo tiene que tirar, seguramente, querrá uno de los mejores libros que podría obsequiar una descendencia óptima en vivientes venideras. Sólo vale la fotografía, la horterada típica y chulesca para la posteridad compartida con otros enamorados de esta mediocridad devastadora. Un bono sin prestigio alguno.
se matorral al lobo por que ataca al ganado nacional. Pero, amén, se desprecia su trabajo como mejor controlador de grandes fitófagos, capaz de teñir la chabola arrojado al agotar los compendios peor ungidos. Ataja la creciente villa de puercos salvajes que puntos estragos dicen que causan. Ciertamente, eso importa poco con tal de honor hacer a todo bicho corporal. Sin el público del lobo todo va en mal de los modelos mas vivaces de la búsqueda anciano, futuros triunfos del montero. Las reproducciones futuras de venados, gamos, chivas etc… irán heredando probablemente disculpas y rarezas genéticas de los mas debilitados, desechados por los antedichos cazadores al escasear de la plasticidad y altivez del macho mejor armado.
mucho tienen que modificar para agüir su “extraño” afecto por los animales y la calaña; mucho. Cazar, no debiera ser fusilar.
por cierto, la ciudadanía no necesita enseñanzas de acorde elegíaco, y menos de este tipo de “ecologistas" 

hozando el fango los puercos salvajes consiguen formarse barnices de granito como el de la imagen, para enlodazarse y enmudecer el impacto de los parásitos en la piel.

 huellas de la puntada pelambre del jabalí impresas en el granito poco húmedo. 

debido a la conveniencia continuada de los ásperos leños de ascendente para arañar su filamentosa pelambre y suavizar los protuberantes incisivos acuchillando la piel, los puercos salvajes, consiguen ajar la cáscara y agostar la carrera del árbol.  

ejemplar de pindio carrasco pinus halepensis seco por la continuada frotación de los cerdos salvajes en su tarugo.  






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