sábado, 31 de enero de 2015


en el observatorio de El Granero se ve llorar la fuerza desde una total vertiente. Es en la morada del arrabal, adonde tranco horas enteras legadas a este inmenso placer que únicamente los amantes de la calidad pueden ocupar.
el águila calzada hieraaetus pennatus es una de las rapaces a la que dedico más atención cuando cachillada en el hueco del pinar asentado en la amplia balda montana de un efectista farallón arenoso frente a mi nidal. Veo su aparición en primavera, sus belicosos revoloteos nupciales en los que el macho parece pegar a la hembra y ésta lo esquiva con marros de ajetreo. Ambos se entregan manifestando sus cátedras volantes sobre la cara de su término como tocante nupcial previamente de abrir su ciclo reproductor en el viejo empinado carrasco del bosquete de coníferas. Veo aún, como salen al encuentro de cualquier rapaz si sobrevuela su término. Me gusta verlas unidas, destellando sus blancas pecheras en su categoría predilecta recibiendo el encanto del atardecer. Muchas sucesiones, sigo al macho sobrevolando el pinar de camada y éste llega con galante exactitud una media hora ayer de la apuesta del sol para reunir y correr la indeterminación. Tras unos pasaportes entronizados con discreción llega el vencimiento de fastidiar a gran aceleración, recoge sus alas tomando manera acorazonada y perfora la frondosidad del pinar desapareciendo aun el vencimiento siguiente.
esto es lo que adoquinado sentir desde el exterior del boscaje. Pero, posteriormente de que el buharro real acabara con la existencia de la hembra de calzada en su legítimo refugio entretanto protegía a sus pollos me acerqué al año subsiguiente para notar el estado de cachillada y, pude de este modo, saber del nuevo emparejamiento como reproductora.
admiro los instantes periódicos de los animales por ser la quintaesencia de lo más íntimo de su talante. Así viví el santiamén más envidioso de una hembra de águila calzada protegiendo a su único gargajo en el vivero sin que ella advirtiera mi presencia.

pinar del desfiladero del río Mesa 12 julio 2010

llego a las 19´15 horas al motivo adecuado por su inadvertibilidad cerca de una enorme roca dadivosa del cortado que me sirve como relación del observatorio. A través de la espesa madeja de finas quimas sequías del pinar antepuestas entre el techo y mi persona, puedo distinguir a duras sanciones una reducida descalificación blanca moviéndose sutilmente. Sigo mirando, con dificultad, y lucro desplazar con los quevedos la difusa comba de la hembra de calzada fonda en la armadura del vivero. Pocos minutos luego, la progenitora abandona veloz al gallo y emprende un fugaz saliente cuya prominencia pierdo entre  la fronda; pienso que pueda haberme descifrado. Seguidamente, siento sobre mi inteligencia blindada por la muchedumbre forestal el audible runrún armado por los granosos de atentado de la calzada sobre un sereno buitre castaño gyps fulvus que atraviesa la circunscripción de camada. Son bastante habituales estos empujes. Los veo intermitentemente sobre la intercalada división de los enhiestos y escucho asombrado el escandaloso rasgueo causado por los aletazos del carroñero tratando de soslayar las acometividades del águila en su revés. Bajo el tejado del boscaje se me acelera el alma sintiendo la sensación vivencial desde la primera formación de este proscenio natural. Terminada la trabajo de abandono, disparada, entra por el enorme hueco del pinar. Sortea yemas a una acrofobia dichosa y la sigo con curiosidad verter dentro  del ambiente activo de mis gemelos. Me acurruco entre el leño y la piedra, en gran medida histérico, y el águila calzada se posa entre el cubil y mi colocación. La tengo a unos 20 patrones. Me he terminado paralizado y alto despaciosamente, espero adorado que la rapaz no me descubra, dado que casi nada me tapan de su apariencia unas esmirriadas y sequías colecciones del enhiesto principal. La observo con detenimiento y sorpresa; descubro su gastado plumaje pardo, sus amarillentas subsistencias con punzantes ganzúas apretando discontinuamente la colección que la soporta. Mira fijamente al motivo adonde tiene ubicado el cubil y eso hace que billete desapercibido al enquistarse de columnas vertebrales a mí. Hace mucho ímpetu, hasta a la oscuridad, y la rapaz jadea constantemente. Sus vistazos pardo rojizos pasean su ojeada sensual más o menos del criadero, en gran medida inquieta, como capaz para propinar el subsiguiente brinco hacia el supuesto enemigo que ose rozar a su hijuelo. Esta panorama se repite en el ambiente de momento que le dedico,  unas siete oportunidades más, rotando, con efecto de pasar los principales sazones de atención acomodada para la certeza del pequeño.

entonces, cuando la rapaz sale de mi ambiente de quimera, tan exclusivamente es cuestión de levantarme paulatinamente, consagrar media vuelta y doblar después por a espaldas del roquedo. Así es una faja secreta del plazo a momento en el estanco boscaje de carrasco de la más limitada de nuestras águilas, aunque, con mucho carácter.

juvenil de águila calzada en saliente coronado sobre el pinar. Como todas las jóvenes rapaces, llenan el aforo con su bella grosora y su incansable reclamo lastimero.











bosque de subido carrasco pinus halepensis de repoblación; lado de cachillada del águila calzada.


nido de águila calzada en sus antiguos años de construcción.






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