jueves, 19 de diciembre de 2013



Y después del blanco, el negro; aunque en principio, el negro, iba antes que el blanco. Otra vez, como siempre, los milanos se fueron, desaparecieron con su sello discreto tan característico hace unos días. Apenas unas concentraciones en el soto levantaron mi sospecha como prueba de su presunto viaje de vuelta. Otra vuelta, otro año más u otro año menos, según se mire para unos o para otros. El caso es, que de nuevo, los milanos negros se fueron. Les preparé la última comilona del año, sabiendo que haría falta la presencia de otra especie para animarlos a bajar. Esa es, como siempre, la intrigante espera en el escondite ¿quién será el primer catador?...en este caso, una hembra de aguilucho lagunero (Circus aeruginosus) preciosa, como sus ojos ambarinos.
En un lugar diferente, como hago cada vez que monto el hyde, deposité despojos de carne para realizar algunas fotos, preferentemente de milanos negros (Milvus migrans). Simplemente, con disfrutar de la presencia de laguneros y milanos o de lo que sea, me considero satisfecho. El momento de espera no fue tedioso al aparecer temprano el lagunero, dando paso su presencia, a la bajada de los desconfiados milanos negros. La variedad de especies en estos casos es siempre limitada, conocida de sobras pero, con el aliciente de alguna sorpresa en el comportamiento de cualquiera de ellas. Destacaría la belleza y variedad de los plumajes juveniles de los milanos negros, así como su comportamiento tranquilo ante la comida, sobre todo, con la dominancia del lagunero que, en una ocasión, tuvo que estirar la garra para que ninguno se acercara más de la cuenta. Uno de los jóvenes era tan novel que tenía fijación con el pico de los demás comensales, como esperando ser cebado por cualquiera de ellos.
Antes de emprender el vuelo, satisfechos por la oportunidad de comer, me sorprendió su mirada fija hacia los restos de carne; quién sabe si  por memorizar la localización o, el reparo por abandonarla….



Poses intimidatorias de la lagunera. No fue muy severa con los pipiolos. 





Mirando los despojos después de saciarse.  Tiene las plumas tan bien ordenadas que me recuerda a los dibujos de Olegario del Junco.


Limpieza del pico contra la rama seca. Poco le falta  a este ejemplar para alcanzar el bello plateado de la cabeza.
Que pena no poder averiguar de su propio pico cuál es la razón de esa última mirada a la carne que se queda después de la satisfacción de llenar el buche.

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