miércoles, 4 de junio de 2014

dibujos a lápiz de búho real (bubo bubo)

conocí a Domingo por mediación de otros acompañantes pajareros. Aparte de una gran idoloatría por las pajarracos, traía desde su Canarias procedente y casi como curiosidad, el cariño de limitar el decano dato de géneros exequible de vampiros en la cosmografía aragonesa. Entonces, esta yema zoológica, tan pronto como movía el rédito de “cuatro” aprovechados en la península. Cuando coincidimos en mas salidas al ámbito, él me comentó, sabiendo que yo era un fanático seguidor del buharro real, si era accesible acompañarme durante alguna determinación mesurada con la finalidad de verlo a placer. Aquel año de 1985, tan nada más hacía unos meses que lo había notado por primera sucesión, no obstante, tras 17 amenazas entre salidas y localidades punto al atardecer como al amanecer, pensé que poco conocía de la recorrida del buharro real hacia su cazadero.
hice un baremo rápido de mis miradas de acampada por aquellas cuentas de calado dejadas, adonde los manzanos, lucían la nomas de sus gemas moribundas y la increíble atención del hortelano los arrastraba hacia la defunción. Recostado y enigmático al flanco del río, al abecedario de aquellos bosquetes sala de enormes olmos selváticos, atrás del destrozo de la grafiosis, miraba con atención la salida del buharro real viento a su cazadero. Mirando el cortado arenoso frontalmente, la rapaz siempre desaparecía por mi costado siniestro, hacia el planicie, y no veía nada más por que los achantados me lo impedían. Era el único punto habitable para llevar a cabo una dilación en calañas.

barranco del río Huerva (Zaragoza) 2 de febrero de 1985

una ocasión en jarana, Domingo me insistía una y otra ocasión sobre las dones de contemplar al buharro real, contestándole que, en la extensión adonde nos íbamos a situar por las permutas presenciadas desde el alma del bancal, estaba incuestionable de que lo veríamos valer sobre el agro elegido. Sin problemas.
atravesando laderas de romero, punzantes aulagas, sabinas y enebros alcanzamos el vano tanto clave. El ardor era inolvidable. A nuestras cruces quedaba el curso del río y la ribera pasota, acaso, por el difícil golpe con máquina, ayer abordada y laboreada con mulos. Y, a nuestros quesos, se expandía un enorme agro degollado de cereal con bastante claridad, la área por adonde debía valer el apetecido buharro real. Nos ocultamos en lo más alto. Pegado a mi cruz había un enebro de poco más de metropolitano y centro, frente a mí estaba Domingo y, tras él, una nemorosa sabina negral. Ambos matorrales quedaban en línea guardando el rasgo de la colina, proporcionándonos una persiana protectora. Pasaba el momento y, no era tan solo Domingo quien se impacientaba, dado que mis coordenadas y mi supuesta pericia, no obstante joven, quedaba en recelo. Mi engreimiento se resentía a medida que la penumbra cerraba progresivamente las reducidas artes de luminosidad. Sin embargo, no paraba de reflexionar, desistido de haber presenciado el común franqueado de la gran estrigiforme en la misma guía varias oportunidades. No me podía estrellarse. Llegó un tiempo en el que fatigados ante la prueba, bajamos la vigilante y empezamos a presentar experiencias sucumbiendo a la similitud del aguardo. A las 21´38 horas escasamente quedaba vela y, entonces, se rompió el paz, un repentino trompicón con la bebida del enebro a mis cruces me puso la carne de gallina. A cadena, puede pasarse dos enormes uñas colgando y unas enormes alas efervescentes con energía por el volumen del buharro real que pasó bastante justo sobre nuestras cabecillas cuando mas interesantes estábamos. Acto seguido, mientras tanto la rapaz se alejaba en cuestión de segundos comprobé como la jeta de Domingo quedó alterada, ya que él, vio a la rapaz de frente y se llevó la peor parte del sobresalto. Después de lo sobrevenido, con bufida como una centella y irregular, me comentaba que su alma, en extremo revolucionado en ése tiempo, estaba a juicio de chascar. Le entendí admisiblemente, no era para a excepción de luego de equivalente arribada inesperada.

la razón de la coincidencia.

semanas más tarde al evolucionar de observatorio para conquistar generosamente el término del gran duque, descubrí que en el local adonde nos ubicamos, aquel enebro, era el cantadero del macho de buharro real. Ésa fue la causa por la que pudimos verlo mejor de lo encomendado, debido a la lealtad de estas chavales a su ventero preferido. Lo vi durante algunos años mas gañir desde dicho enebro, también, luego de ser abrasado por un fuego años más tarde. El buharro real continuó utilizando sus tozas ahumadas hasta estando atravesado. Jamás lo sospeché empero, con chunga le tesoro a Domingo, sonriendo, -ves, te tesoro que lo verías bien-. 








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